10 marzo 2017

La entrada que nunca quise escribir...


Los últimos meses he ido arrastrando un lastre que cada día era más pesado. Me fui unas semanas en enero con el firme propósito de volver con más ganas que nunca y obviar todo lo feo, no hacer caso al ruido por mucho que intentara dejarme sorda, como dije en aquel momento. Pero ni la Chica Tormenta ha podido con el peso de ese lastre y el barco ha acabado yéndose a la deriva.

Puede que esta entrada esté decepcionando o desilusionando a alguna compañera, a las que han estado a mi lado prácticamente desde el principio, a las que me han apoyado y han evitado con sus palabras esto no pasara mucho antes. Os digo que no es que hayan ganado los malos, es que hoy por hoy no me compensa seguir aquí, la balanza de lo malo ha hecho saltar por los aires lo bueno. 

¿Aquí acaba Miss Brandon? Pues la verdad es que no lo sé. No sé si llegará un día que un libro me impulse a tener la necesidad de volver. O, todo lo contrario, esta sea la última vez que escriba aquí. Lo voy a dejar como un parón indefinido, no quiero cerrar puertas, porque no sé cómo me sentiré dentro de un mes o de medio año. Sólo sé que si vuelvo algún día será porque sentarme a escribir ya no me hace sentir mal. Quería contároslo para que no os preocupéis si veis que pasan los días y aquí no hay novedades.

Gracias por estos años a todos los que habéis dejado vuestro granito de arena aquí. Me llevo mucho cariño, de verdad que sí.

06 marzo 2017

LA MAGIA DE SER SOFÍA, de Elísabet Benavent


Es la primera vez que no esperaba una nueva historia de Elísabet Benavent con ilusión, con emoción, con ganas... con nada. Creo que naufragué en la isla de Maggie, en aquellas aguas cristalinas que bordeaban su casa de huéspedes. Aquella historia que nos quisieron vender erróneamente como ligera y divertida, ideal para el verano y que a mi me dejó una sensación de desencanto que a día de hoy sigo sin poder quitármela de encima.

Con este panorama tan alentador recibí a Sofía en casa y con la idea de que si no me gustaba, por lo menos quedaría bonito el ejemplar color mint con la decoración de mi salón. Tenía muy claro que si Sofía no me convencía serían los últimos libros que compraría de Elísabet. ¿Radical? Puede ser.

En esta cruzada tuve la inestimable ayuda lectora de Ani. Las últimas historias de Elísabet —Martina y Maggie— las hemos leído, disfrutado y sufrido mano a mano. Ella creo que estaba incluso más desencantada que yo, así que podríamos llorar de pena y de rabia juntas si Sofía nos salía rana. Al final no hemos llorado, pero a ella la rabia le ha salido a borbotones y yo... yo no he sabido procesar que Héctor fuera un tío tan mierda.

Pero Sofía, Sofía me gustó desde el primer momento. Sofía, con su dulzura y esa sonrisa constante que regala diariamente en El café de Alejandría. Hasta que un día de enero cruza la puerta Héctor y siente que con él ha encontrado la magia, esa magia que parecía estar negada para ella. Pero toda esa magia va perdiendo brillo cuando te enteras —y esto no es un spoiler porque se sabe desde la página dos del libro— que Héctor tiene novia. Novia de toda la vida, para más inri. Novia desde sus tiernos dieciséis años, vamos, que si sacas cuentas llevan la friolera de dieciocho años juntos. ¿Y cómo rompes eso por mucho que la magia y la luz te hagan sentir tan vivo? ¿Cómo das carpetazo a lo que ha sido prácticamente toda tu vida? Da igual que la relación con tu novia haga aguas por todas partes desde hace tiempo, incluso años, es una situación difícil y complicada. Pero Héctor, que durante todo el libro es bastante coherente, al final toma la decisión más cobarde, más injusta y más cruel. Y no era una sorpresa, la historia no tiene mucha miga, desde el capítulo uno se sabía como iba a terminar este libro, es de cajón habiendo un segundo libro y conociendo el procedimiento habitual de Elísabet. Pero no así, Héctor, así no, joder. Así demuestras que no te mereces a Sofía, ni su luz, ni su magia, ni nada.


Lo peor es que a pesar de todo intenté entender a Héctor, de verdad que sí, me puse en su situación y lo logré... ¿diez páginas? Diez páginas, o quizá unas pocas más, donde me dejé llevar un poco por él, por ese algo que reconozco que en el fondo, muy en el fondo tiene y a lo que no sé ponerle nombre. Volé un poco de su mano cómo hacia Sofía, hasta que Ani me puso los pies en la tierra con su manera de ver la situación, y entonces vi claro que esta historia no iba a dejar indiferente. Qué a muchísima gente no le gustaría, que el resbalón de Mi isla, o incluso de Martina en tierra firme —a mí me puso los pelos de punta para bien, pero me consta que a mucha gente le aburrió soberanamente— no iba a ser nada, absolutamente nada, al lado de esto.

Y así fue como me convertí en el tipo de chica que creí que me había jodido la vida. Así entendí que juzgar no tiene sentido, que la vida no es o blanca o negra y que hablar del camino de otro si no lo has andado con sus mismos zapatos es absurdo.


Reconozco que me ha gustado que Elísabet arriesgue con Sofía y Héctor, aunque no sé si saldrá victoriosa, porque como os digo no va a dejar indiferente. A mí, pese a que tengo a Héctor atravesado, me ha gustado la historia porque es real, porque es algo que puede pasar, de hecho pasa y porque te hace reflexionar, quieras o no. Pero no sé si seré capaz de digerir lo que pueda venir en el desenlace. Ya puede Elísabet hacer piruetas en La magia de ser nosotros, porque va a ser difícil, muy, muy difícil que me haga creer, aunque sólo sea un poco, que Héctor con su cobardía, sus remordimientos y su gilipollez supina se merece a Sofía. Para mí ha perdido el poco brillo que tenía, casi igual que la portada del libro, que la purpurina que han puesto debe ser del chino de la esquina porque se ha ido perdiendo por el camino.


OTRAS RESEÑAS DE ELÍSABET BENAVENT

Mi isla 
Martina con vistas al mar (Horizonte Martina #1)
Martina en tierra firme (Horizonte Martina #2)
Trilogía Mi elección
Tras las huellas de Alba, Hugo y Nico (Mi elección #3.5)
El diario de Lola

01 marzo 2017

FEBRERO: Loud like love


Tenía que pasar, lo raro era lo contrario. En febrero llegaron las dudas, muchas y muy fuertes, lo raro era esta tranquilidad. Medio año después de la mudanza llegó el echar de menos y pensar en todo lo que dejé, que fue mucho, quizá demasiado. Lo raro era que no lo hubiera hecho hasta ahora. Quizá fue el ritmo frenético de los primeros meses, empezar a construir un nuevo hogar, sentirnos cerca, y ahora, cuanto todo está asentado es cuando ha llegado el golpe de realidad.

Una mañana paseando a Luca me di cuenta que el problema era yo, que estaba fallando. Miré el cielo, que estaba azul, más azul de lo que lo había visto en el último mes y sentí que todavía no me había acostumbrado, ese era el principal escollo. No me había acostumbrado a esta ciudad en la que en invierno casi no sale el sol —y en otoño, casi que tampoco— y que sigo sin sentir mía, ni siquiera un poco, por mucho que recorra a diario sus calles y me pierda entre su gente.

Durante febrero leí menos, mucho menos de lo habitual los últimos años, pero sin embargo disfruté más. Disfruté de las historias que tenía en las manos como hacía tiempo que no lo hacía, sin pensar en el blog ni en lo que se esperaba de este rincón y fue algo que me alivió. Curiosamente la mayoría fueron historias de amor a lo largo del tiempo, historias que por circunstancias personales se quedaban en stand by, historias que la guerra truncó, historias de amor para las que simplemente no era su momento. Así conocí a Vianne y a Isabelle y la Francia ocupada por el nazismo (El ruiseñor de Kristin Hannah), a Lucía y Diego y ese viaje por Europa que les cambia la vida para siempre (Viajando hacia mi destino + Decidiendo mi destino de Abril Camino), a Sara, Vera y Alex y ese lago que fue testigo de una amistad grabada a fuego (Valiente Vera, pequeña Sara de Neïra) o a Lili y Andreas y su historia de idas y venidas en la Viena y el Berlín de entreguerras (El último baile de Marisa Sicilia).

Escuché mucha música, como siempre. Me empapé de lo nuevo de Rayden, canturreé las canciones que Mr. Brandon escucha mientras se ducha y que ya son también un poco mías. Descubrí canciones de esas que al final acaban en mi banda sonora anual y acabé rescatando canciones que un día sonaron en mi vida, como la que hoy os dejo al final de esta entrada.

En febrero llegaron las dudas, muchas y muy fuertes. Tan fuertes como lo que me ata a esta ciudad en la que casi no sale el sol.

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