Bailando hasta el apagón...


Hoy estoy triste y sentía la necesidad de escribirlo, de compartirlo, de contaros el motivo. Cielos de Papel ha llegado a su fin, es uno de mis blogs de cabecera y la noticia me ha pillado por sorpresa. Al leer la entrada de despedida he sentido tristeza, soledad y vacío. También cabreo.Y he empezado a remontarme al pasado, a ese momento impreciso en el que descubrí el blog. En el que descubrí a Lidia. 

Fue por casualidad, recuerdo que llegué a través de otro blog al que no logro ponerle nombre (lo siento). Me pareció un blog distinto dentro del género romántico, más personal, más cercano, más de mi estilo. Estuve semanas —quizá más de un mes— leyendo en la sombra, me daba un poco de vergüenza comentar las entradas, pensaba que no tenía nada que aportarle, nada que ofrecerle. Me quedaba embobada leyendo su manera de sentir las historias, de compartirlas con los demás. Pero al final me animé, porque las ganas me pudieron, porque me costó morderme los dedos una vez más. Y es una de las mejores cosas que he hecho en mi vida, porque allí, detrás de aquellas palabras, detrás de las teclas estaba la que hoy es mi amiga. Hace un par de entradas os hablé de ella, de lo que me ha dado a nivel personal, nunca pensé que tendría que escribir otra entrada y menos tan pronto por un motivo así. Si me ha llenado de cosas positivas a nivel personal, como lectora lo ha hecho aún más, porque así nos conocimos, compartiendo lecturas. Mis estanterías están llenas de libros que he conocido gracias a ella. Muchas de mis mejores lecturas de los últimos años han llegado a mí por ella. Kristin Hannah, James Rhodes, Taylor Jenkins Reid, Kerstin Gier, Defreds, Jojo Moyes, Rupi Kaur... Lidia me ha hecho mejor lectora, mejor bloguera, incluso podría decir que mejor persona. 

Hoy estoy triste y también cabreada. Triste porque siempre he sentido que con ella tenía una conexión especial como bloguera y como lectora. Compartíamos el mismo camino, las mismas ganas, las mismas decepciones. Y ahora es inevitable sentirme un poco sola, es inevitable ser más consciente que nunca que no sirve para nada alzar la voz porque siempre saldrás perdiendo. Hemos salido perdiendo. Cabreada porque mientras haya tantos intereses que no tienen nada que ver con la (buena) novela romántica, es un género que va a seguir cayendo en picado, pero sé que es más cómodo mirar hacía a otro lado. Lo sé. Lidia alzó la voz muchas veces, habló alto y claro de lo que mucha gente ve, pero poca gente dice. Y entiendo que haya acabado agotada, porque como ella siempre dijo, era como predicar en el desierto. Qué razón tenías, amiga, qué razón. Yo misma hace un año mandé todo a la mierda, dejé el blog de forma indefinida porque las decepciones me estaban ahogando. Pero volví porque escribir aquí me llena, lo haría aunque no me leyera absolutamente nadie. Sigo aquí porque en esos días raros es una tabla de salvación teclear, aunque hoy sienta que no merece la pena hacerlo. He perdido un blog con el que siempre he aprendido algo. Siempre. Hemos perdido un blog maravilloso, inspirador, único.

Sé que algún día también llegará el apagón en Roots of my heart, llegará un día que dejará de tener sentido todo esto. Pero hasta entonces, seguiré bailando. Seguiré diciendo esta boca es mía.

Amor se escribe con H y otras maneras de decirte que te quiero, de Andrea Longarela (Neïra)


«Se quiere o no se quiere. Es simple, es fácil».


Fuera llueve, enciendo el portátil y pongo la página en blanco de una nueva entrada. Caigo en la cuenta de que debería sonar Chasing Cars de Snow Patrol y recuerdo que ese disco, Eyes open, me lo regaló hace tiempo Mr. Brandon. Lo pongo en el reproductor y con los primeros acordes pienso en Eva y Hache, en lo que me costó al principio conectar con su historia y, sobre todo, con él. Pienso en lo fácil que luego fue entender y sentir con ellos, en lo real y bonito que lo cuenta todo Neïra siempre y en por qué me enamoré de su pluma.

Mi predisposición con esta novela no era buena, lo confieso. Las historias corales no me suelen convencer y, por otra parte, la avalancha de opiniones rimbombantes tampoco me animaban mucho, y no porque pensara que Neïra no era capaz de enamorar a todo aquel que leyera esta historia. Todo lo contrario, la veía muy capaz, la ví capaz de hacerlo desde que conocí a la loca de Oli y caí rendida a sus pies —a los de ambas—. Pero, a veces, Goodreads todos sabemos que peca de valoraciones infladas de más y cuando todo el mundo lee algo y lo pone por las nubes a mí me tira para atrás, aunque se trate de una autora que me encante. Prefiero poner distancia y leer cuando el cuerpo me lo pida, cuando no me influya nada de lo que veo y leo.

Empecé la historia de Eva y no me enganché. Me costó cogerle el punto, no a Eva, porque Eva y su sonrisa te meten en su bolsillo a las pocas páginas, sino a la historia en sí. Quizá fue un poco esa predisposición de la que os hablaba, o cosas que no tenían nada que ver con el libro, como la mierda de semana que estaba teniendo y mi ánimo. La cuestión es que hasta casi la página 200 no fui capaz de caer bajo el efecto Neïra, ese que tanto me enamoró con Oli y Mario. Luego todo fue fácil, porque ponerte en la piel de Eva también lo es. Es fácil conocerla, sentirla y quererla. Porque creo que todas en algún momento de nuestra vida —aunque fuera en la edad del pavo— hemos sido un poco Eva, soñando con nuestro final feliz. Quizá no con vestido rojo, ni bailando, pero sí teniendo a alguien que nos mirara como se miran las cosas que brillan. Ser la primera opción, la única opción. 


Eva conoce a Hache, que no es precisamente el caballero de brillante armadura con el que sueña, pero que le atrae como la luz a una polilla. Al principio me enfadé un poco con él porque me pasaba como a Eva, no entendía su actitud. Ella le regalaba sonrisas, él era un borde redomado y yo le llamaba gilipollas mentalmente. Pero al igual que Eva, yo también intuía que había mucho que rascar, que ese solo era el Hache de la superficie. Y juntos, sin esperarlo y sin pretenderlo, crean una complicidad preciosa de la que es testigo una azotea. Y las estrellas.

Lo sientes, el lector lo siente todo. La amistad, la confianza, el cariño, el amor escurridizo que se va abriendo paso en sus vidas con la persona que menos esperan, cuando quizá no están preparados para algo tan grande, cuando el pasado pesa demasiado. Y fue cuando, por fin, entendí a Hache. Entendí su dolor, esa losa que llevaba a cuestas y que le impedía del todo soltarse. Esas ganas de huir de una vida que no le llenaba, de empezar de cero, de volver a ser el de antes. Sonreír con Eva, pero ser incapaz de entregarse, de darle lo que ella sueña, porque el pasado sigue llenándolo todo, aunque no sea lo bueno, ni lo sano, ni lo que le hace feliz.

Eva nos cuenta su historia y también la de su hermana Carla y la de sus amigas Gina y María. Otras tres historias de amor, diferentes, pequeñitas. Estas historias secundarias no me han llenado tanto, o no como esperaba, quizá la de María ha sido la que más me ha hecho sonreír. Lo que sí ha sido bonito ha sido volver a saber de Leo, el pastelero de ojos verdes o recordar a Luca, han hecho que vuelvan emociones que en su momento me pusieron la piel de gallina y eso, eso es lo mágico y maravilloso de la literatura, sentir. A mí si me haces sentir ya me tienes ganada y Neïra me ganó desde el primer momento, porque pocas, muy pocas escritoras son capaces de traspasar el papel como lo hace ella. Es un don. Nos regala historias reales, tangibles, imperfectas. Historias que llegan al corazón porque te las crees, porque son vida.

Sonrío cada vez que veo Amor se escribe con H entre las novedades de las librerías, es bonito ver que los sueños se cumplen, que lo que muchas vimos en Oli lo ha visto el mundo. Felicidades, Andrea, sigue volando.

Corazones rotos, corazones salvajes

Me han roto el corazón cinco veces. Una de ellas por amor, las otras cuatro por amistad. Esas cuatro son las que más me han dolido, las que más cicatrices han dejado en mi piel. Hubo un tiempo en qué sentía que estaba perdiendo un poco la fe en la amistad, ahora me doy cuenta de que mi idea era demasiado romántica. Mis amigas eran las de toda la vida, las que crecieron y jugaron conmigo cuando éramos unas niñas. Mi mejor amiga lo era desde hacía más de veinte años. Supongo que por eso empezaron a romperse mis esquemas cuando el tiempo, la distancia y la vida nos distanciaron. Resquebrajaron algo que parecía eterno, irrompible, casi mágico. Con el paso de los años he aprendido que vivir es una aventura y que nunca sabes lo que te vas a encontrar en el camino. Soy de esas personas que se han tomado la vida siempre demasiado en serio y, ahora más que nunca, sé que no es bueno. Ni sano.

Lidia se cruzó en mi camino por sorpresa y desde el primer momento me hizo crecer. Entendí eso que dicen de que hay que tener cerca gente que nos sume y no nos reste. A su lado no he dejado de aprender, de descubrir y de compartir. De sentir orgullo y admiración. A su lado todo ha sido fácil, hasta lo más jodido. Su sonrisa permanente, sus consejos, sus ideas, su manera de ser, de sentir, de darse...

Hace unos años leyendo Fahrenheit 451 de Ray Bradbury descubrí una cita que me ha acompañado desde entonces: "No podemos determinar el momento concreto en que nace la amistad. Como al llenar un recipiente gota a gota, hay una gota final que lo hace desbordarse, del mismo modo, en una serie de gentilezas hay una final que acelera los latidos del corazón". Mientras escribo esto pienso en esa cita y en lo cierta que es. No sé en qué momento lo nuestro se convirtió en la amistad que tenemos hoy, en esa complicidad y confianza, pero el camino hasta llegar a ella ha sido bonito, repleto de momentos de esos que te llenan el corazón. Recuerdo uno en concreto, quizá fue el momento en el que vi más claro que era alguien importante y esencial para mí. Me regaló un libro que a ella le había gustado mucho y cuando ya nos habíamos despedido, mientras esperaba el tren en la estación, me di cuenta de que tenía una dedicatoria. Una dedicatoria preciosa que me llenó de luz. Lloré, lloré mucho. Lloré de alegría y también de miedo, un poquitín, porque la sensación de abandono sigue pegada a la suela de mis zapatos y, a veces, todavía es inevitable sentirla, desprenderme de ella. Mr. Brandon me dijo "Te lo mereces" y mi contestación fue "Es tan bonito lo que me ha escrito" y él lo entendió todo, entendió esas lágrimas que eran mezcla de muchas cosas. Bonitas y amargas. De ilusión y felicidad. De cicatrices y recuerdos. La gota que desbordó el vaso. Es uno de esos momentos que tu cabeza hace click y almacena, como una foto en blanco y negro pegada en un corcho en la pared formando tus recuerdos. Recuerdos inolvidables. 

Amiga, sigue haciéndole caso a tu corazón bonito y salvaje.
Siempre.
En todo.
Es lo que te hace única y especial.
Auténtica.

Feliz cumpleaños.
(Que suerte la mía de tenerte en mi vida...)

Pan, circo, ajo y agua


Esta mañana he estado repasando el blog, es algo que llevaba tiempo queriendo hacer antes de cambiar el diseño. Volver a leer entradas viejas, borrar algunas que ya no quiero conservar y pasar a borradores las que ya no merece la pena compartir. Y he vuelto a ver lo evidente, lo diferente que es todo ahora y lo mucho que he ganado en el camino. Porque el perder lectores y comentarios para mí ha sido ganancia. He ganado, sobre todo, en libertad. Al principio no me implicaba, me dejaba mecer por las olas. Hoy sé que iba perdida, inevitablemente a la deriva. Hoy sé que la mayoría de ese cariño que recibía era falso, un espejismo, un trueque absurdo camuflado con palabras bonitas. Todo cambió cuando dije esta boca es mía, casualmente es como se rompen la mayoría de las cosas que se sostienen con alfileres. Como la mayoría de cosas que no tienen sentido, ni valor a largo plazo. Es la mejor forma de que las cosas se vayan a la mierda. Al principio me entristeció, no os mentiré, quizá porque no lo comprendía del todo, posiblemente porque me decepcioné con mucha gente. Mi entrega siempre fue sincera, mis palabras también. Después llegó el ajo y agua, la resignación, e inmediatamente la felicidad por no formar parte de un circo que cada día me representa menos. Siento si he desilusionado por el camino, si mi distancia ha podido doler a alguien, pero si hubiera actuado de otra manera habría dejado de ser fiel a mí misma, a lo que siento, pienso y veo. Y eso sí que no. 

Roots of my heart es canijo, insignificante, más pequeño incluso que cuando empezó su andadura, pero más real que nunca. Así lo siento. Palabras en carne viva, a corazón abierto. Creo que ni dejándome la cabeza hubiera elegido un nombre mejor para representarme en la blogosfera. Y llegó solo, de manera natural, con música, con un juego de palabras, cuando más falta me hacía, cuando las cosas empezaron a cambiar, cuando me merecía un nuevo inicio. Nos lo merecíamos mi blog y yo, nos merecíamos ser lo que siempre tuvimos que ser. Lo que somos hoy. ¿Te quedas?