LA RIDÍCULA IDEA DE NO VOLVER A VERTE, de Rosa Montero


Pero no te recuperas nunca, ése es el error: uno no se recupera, uno se reinventa...


Soy una superficial de narices, la primera vez que me llamó la atención este libro fue cuando salió publicado hace unos cuatro años, y no fue por su sinopsis, fue por lo bonita que era la portada y lo precioso que era el título. En mi defensa diré que es una autora que tenía apuntadísima por su novela Historia del rey transparente. La cuestión es que hasta hace unos días no había leído nada de Rosa Montero, ni siquiera sus artículos de El País, pero sabía que si tenía que empezar con alguno de sus libros, ese era La ridícula idea de no volver a verte, un libro que le gustó mucho a mi amiga Elena.

El título es precioso, pero cuando descubres el por qué de ese título te lo parece todavía más, encierra todo un mundo de sentimientos. Porque aunque Rosa dice que este no es un libro que trate sobre la muerte y el duelo, la realidad es que habla de la muerte, del duelo, del amor, de feminismo y de muchas más cosas. Pero, sobre todo, de Marie Curie, una mujer fascinante, una científica que ganó dos premios Nobel, uno de ellos junto a su esposo Pierre.

Para mí los grandes logros de Madame Curie no eran desconocidos, los conocí gracias a un trabajo que tuve que hacer en el colegio. No recuerdo con exactitud cuantos años tenía, pero serían unos 9 o 10, fue en plena EGB, todavía vivía en Barcelona y guardo algunas imágenes en la cabeza de la tarde que hice ese trabajo para Ciencias Naturales en casa de mis abuelos. Recuerdo que en la portada dibujé a Marie, a una Marie ya mayor, con el pelo cano. Una Marie que ya había sufrido la dolorosa pérdida de Pierre, una Marie que ya había escrito aquel emotivo diario sobre su duelo. Aunque esto último yo por aquel entonces todavía no lo sabía, Rosa Montero me ha regalado todo lo demás, todo el universo Curie de una manera de lo más especial. Especial y sentida al mismo tiempo, por su forma de contarte la vida de Marie entretejiéndola con la suya propia. Ese dolor compartido por la pérdida prematura del compañero de vida, ese duelo que parece que nunca va terminar y el posterior vacío que ya no es capaz de llenarse con nada. Sólo puedes seguir adelante, reinventarte, como dice Rosa, porque hay golpes en la vida de los que nunca te recuperas. Es imposible.

Lo que supuso para Marie la muerte de su adorado Pierre es la esencia de este libro, pero no es lo único que Rosa nos hace llegar con sus palabras. También nos descubre a Marie cuando simplemente era una niña. Una niña con sueños demasiados grandes que un día pensó que jamás podrían cumplirse. Hasta  llegar a la madurez, a la vida con Pierre, a su papel como esposa, como madre, como científica y sobre todo, como mujer. Lo duro que fue ser mujer en un mundo de hombres, dónde en todo momento quisieron restarle valía. Pero no pudieron con la grandeza de Marie, ya os lo digo.

Leer a Rosa Montero es aprender. Pocas, muy pocas veces he quedado tan satisfecha al terminar un libro. Terminé La ridícula idea de no volver a verte sintiendo que sabía un poco más de la vida, puede sonar descabellado, pero realmente sentí que Rosa me había proporcionado un grado de madurez un poco más alto. Me hizo pensar en mi propia vida, en mis propias pérdidas, en mi entorno, en lo que quiero para mí, pero sobre todo, en lo que no quiero bajo ningún concepto. Me llenó una hoja de libreta de títulos de libros que quiero leer —llevo Nada de Carmen Laforet en danza, después de casi diez años criando polvo en la estantería—, de frases que siempre irán conmigo a donde quiera que vaya, de conocimientos que me han hecho de alguna manera crecer interiormente.

Seguro que si os digo que mi andadura con Rosa no se quedó aquí no os sorprenderá. Enlacé el final de este libro con la lectura de su última novela, La carne. Quería probar con la Rosa novelista y no me decepcionó en absoluto. Volvió a demostrarme que leerla es garantía de calidad, de aprendizaje y de nuevas lecturas. Un par de días después me compré dos libros más suyos en Amazon, y cuando llegó el fin de semana otros dos en una librería de segunda mano. Os digo, sin temor a equivocarme, que Rosa Montero va a ser una de las escritoras de mi vida.

Hoy no termino la entrada con una canción porque le veo mucho más sentido dejaros este trailer. Es el trailer de una película que se estrenó hace unas semanas sobre Marie Curie. Desconozco la calidad de la misma, todavía no he tenido ocasión de verla, pero creo que una imagen a veces vale más que mil palabras y al visualizar este minuto escaso de imágenes realmente vi a Marie, a la Marie que yo conocí gracias a Rosa. A la Marie mujer, a la Marie más humana, a la Marie más rota y, a la vez, más luchadora.

Cada vez estoy más cerca de estar más lejos de mí

Los últimos meses han sido de idas y venidas. De entradas que supongo que no todo el mundo ha entendido. De hoy estoy aquí, pero mañana ya no. De semanas en blanco. Hoy sé que me perdí por el camino, y posiblemente, sea culpa mía. 

Empecé este blog con ganas e ilusión, y con el tiempo todo se ha ido por el desagüe casi sin darme cuenta. Cuando llegué aquí disfrutaba leyendo y me apetecía compartir con quién quisiera lo que sentía con esas lecturas. Pero he acabado llena de decepción y desencanto, manteniendo activo un blog que sigue con vida por inercia y medio arrastras. Y eso no es bueno. Tampoco lo es que me duela algo que tanto bien me hacía al principio. Ni que sienta que cada vez estoy más cerca de ser menos fiel a mí misma. No es que hoy sentada delante del teclado vea las cosas de manera diferente. No, no es eso. Sigo decepcionada y sigo dolida con algunas cosas que han pasado estos últimos meses, pero algo en mí ha cambiado.

Enrique Bunbury cantaba con Héroes del silencio "todo arde si le aplicas la chispa adecuada", creo firmemente que he conseguido dar con esa chispa que hace que esto siga funcionando de manera sana. He encontrado mi camino, el camino del que nunca tendría que haberme desviado. Pero a veces me pueden las ganas y me pierden mis convicciones, y he tardado un poco en darme cuenta que estaba librando una batalla que no era mía. Por mucho que hable (hablemos) en voz alta nada va a cambiar. Absolutamente nada. Y yo... yo he decidido centrarme en lo que realmente importa y olvidar el resto.

Lo único que no se ha quedado por el camino han sido mis ganas de escribir. Rosa Montero me las ha devuelto en tropel. Tengo muchas ganas de hablaros de lo que he sentido leyéndola, de lo mucho que me ha aportado y de lo loca me he vuelto comprando libros suyos hasta de segunda mano. También me ha hecho ver que si esto algún día se va definitivamente a la mierda me seguirá quedando lo más importante: ese pequeño grupo de personas unidas por un hilo invisible gracias a los libros. 

 

¡PIRATAS!, de Laura Esparza


Nuestros caminos volverán a cruzarse, Billie. No permitáis que quiebren vuestro espíritu...



Una sonrisa de oreja a oreja, eso es lo que me ha provocado Laura Esparza con sus ¡Piratas! Y no sólo al final de la historia, he mantenido mi sonrisa desde la primera línea hasta la última. Me ha recordado esa sensación que tenía de niña cuando veía en televisión Hook, Willow o La princesa prometida. Esa misma ilusión, esa misma sonrisa ingenua, natural y pura. No es que ¡Piratas! sea un cuento, ni mucho menos, pero es tan divertida, tan fresca, tan original y tan entrañable que me he sentido como la niña que un día fui. Me he reencontrado con aquella Mónica a la que le hacían los ojos chiribitas cuando aparecía en la pantalla el gran capitán James Garfio. En realidad era Dustin Hoffman con pelucón, pero en aquella época ya adoraba a los malos de los cuentos —brujas everywhere—. Todavía no existían los Jack Sparrow, ni los vampiros que brillaban con el sol como un gusiluz.

Con esa ilusión de la que os hablaba, he seguido las peripecias de Billie —para mí siempre será Billie—, sus ansías de aventura, de libertad y esa fascinación por los piratas que trae de cabeza a su padre, el gobernador de Jamaica. Ella no quiere la vida que le espera, no quiere casarse con ninguno de esos pretendientes pomposos, quiere poder elegir, quiere vivir su propia vida. Una vida monótona y aburrida que dará un giro inesperado cuando caiga en las manos del temible capitán Blackhawk. La señorita Wilhelmina Nightingale (Billie) es la llave de su libertad y Blackhawk no piensa desviarse ni un ápice de la misión que tiene entre manos. Aunque claro, no contaba con que su prisionera fuera tan valiente, tan divertida, tan audaz... tan preciosa. En las aguas del mar Caribe lucharán por el futuro que tanto anhelan y nos regalarán aventura, risas, pasión, amistad, batallas al más puro estilo pirata y amor. Mucho amor.

La pluma de Laura Esparza no era desconocida para mí, ya leí en su momento su primera novela A contrarreloj y lo pasé pipa. Cómo dije, sólo me faltaron las palomitas, el chocolate y el regaliz rojo. Después de leer ¡Piratas! he sentido que Laura con sus historias hace que no pierda del todo la fe en la (buena) novela romántica. Ya sabéis que estoy un poco desencantada y en mi última entrada os conté el motivo. Pero al terminar la historia de Billie me ha quedado más claro que nunca que para llegar al lector no sólo tienes que tener una buena historia entre manos, sino ser también una buena narradora, aportar algo nuevo y fresco. Y, como dice la sinopsis, a veces, las grandes historias de amor son aquellas que dan comienzo con un sencillo: «Érase una vez…». No hacen falta grandes fuegos artificiales. Y para mí, la historia de Billie y Blackhawk, es una gran historia de amor.

Gracias, Laura. Gracias por no dejar a la intrépida Billie en un cajón.

Crash. Cuando todavía buscas algo más extraordinario

Supongo que algunos pensaréis "Ha vuelto, pero ya no reseña" y es cierto, volví y desde entonces sólo he escrito un puñado de entradas y entre ellas, únicamente una reseña. No es que haya perdido las ganas, o al menos, no del todo, es simplemente que cuando tomé la decisión de volver me hice una lista de las cosas que no haría de nuevo y uno de los puntos de esa lista era: Escribiré sólo cuando me apetezca y de lo que me apetezca. Y lo estoy cumpliendo a rajatabla.

Hoy no tenía previsto escribir nada, pero en los últimos días me he pegado un atracón de romántica de esos que me gusta darme cuando necesito evadirme, y después de poner mis valoraciones en Goodreads recordé una conversación que tuve hace unos días con Lidia. Yo le decía que para mí la romántica ha terminado siendo esa clase de literatura que utilizo para evadirme, para no pensar en nada y ya está. Y posiblemente esa sea la función de muchas autoras, incluso de muchas lectoras, entretener y ser entretenidas, sin más pretensiones y es genial, a veces se necesita algo así, pero a mí la mayor parte de las veces ya no me basta. Hoy ya no me basta. Cuando termino una novela romántica el 90% de las veces pienso con cierta pena "todavía busco algo más extraordinario". La frase no es mía, es la frase memorable que le decía Bridget Jones a Daniel Cleaver en un momento cumbre, y que yo con dieciocho tiernos años ya no la olvidé. Cómo tampoco olvidé la difícil tarea de encontrar a mi particular Mark Darcy, ese que me quisiera tal y como era. Pero volviendo al tema de la novela romántica y dejando de lado a aquella Mónica canija, hace muchos años que leo este género y ahora, con treinta y dos años me doy cuenta de lo que realmente me gusta de él. Me gusta sentir, me gusta emocionarme y me gusta que me estruje el corazón. ¿Cuál es el problema? Que estoy cansada de leer la misma historia una y otra vez, que la originalidad cada vez brille más por su ausencia y que parezca que cualquiera se puede sentar delante de un teclado y escribir una historia. Esto no pasaba antes. ¿Soy la única que siente que el género está de capa caída? Cómo lectora de romántica quiero que la historia traspase el papel y se me pegue en la piel, quiero sentir en mi carne lo que sienten los protagonistas y que la emoción me reviente el pecho. Quizá pido demasiado, quizá además de kamikaze lectora tenga que empezar a describirme como lectora romántica encabronada y exigente. Pero cada vez que entro en Goodreads y veo las tropecientas estrellas que tienen novelas que a mí me han dejado totalmente fría pienso "o tienes el corazón muy negro o el morro demasiado fino" —también se me pasa por la cabeza lo parda que la están liando las editoriales, pero eso ya es otro tema en el que no voy a entrar porque prefiero seguir fingiendo que vivo en el mundo (blogger) de la piruleta y que todo me resbala como si me hubiera untado en mantequilla—.  He llegado a un punto que no necesito sólo una buena novela, necesito que la autora con sus palabras sea capaz de hacérmela llegar, de hacérmela sentir y que cuando vea la palabra FIN sienta cierta tristeza al despedirme de sus protagonistas. Llegar a sentirlos cercanos, reales, de carne y hueso. 

Supongo que hoy me he levantado profunda, reflexiva y tocapelotas, y necesitaba decir en voz alta lo que se me pasa por la cabeza, o por lo menos una parte, quizá con el fin de no sentirme la perra verde del reino. Tenía intención de hacer una entrada hablando de un porrón de novelas románticas que he leído últimamente, a ver si saco tiempo (y ganas) y os la traigo. ¿Os gustaría?

Esta vez voy a ser muy obvia con la canción del final del post y voy a poner a Zahara, ya que estoy leyendo su novela Trabajo, piso, pareja. Y también porque Crash es lo que hace mi pobre corazón cuando termino de leer otra novela romántica clonada. Otra más. No sé si el Crash es de pena o de mosqueo, todavía estoy meditándolo...