Ojos que no ven, corazón que no siente + #LeoAutorasOct

El viernes cerré un capítulo. Di un paso más para alejarme de lo que no me gusta, de lo que no me representa y de lo que me asquea del mundo blogger romántico. En el fondo sentí un poco de pena, no por poner distancia, sino porque fue evidente una vez más que lo que hice en su momento no ha sido valorado, todo lo contrario, a la larga ha sido ninguneado y, para colmo, se han beneficiado otras personas. Así que perdonadme si ahora mismo no tengo ningunas ganas de reseñar ni una sola novela romántica más. Es tanta la decepción que siento dentro, me han dolido tanto ciertas cosas... que la única salida posible era coger definitivamente otro camino. Un camino más solitario, lo sé, pero mucho más gratificante. ¿Sabéis lo peor? Que sé que hay varias personas que piensan exactamente igual y siguen formando parte de esa pantomima. También hay un reducido grupo que dice bien claro lo que siente y piensa al respecto, aunque no sirva para absolutamente nada —yo ya lo tengo asumido—, aunque las señalen con el dedo. Pero levantan la voz, no se achantan e intentan poner su granito de arena para que las cosas cambien. 

Gracias Lidia, por no saber callarte, por decir bien alto lo que muchas pensamos, por enseñarme tanto de la vida. Gracias Anita, por ser mi maestra Jedi, por hacerme ver que había un camino paralelo mucho más luminoso que el que yo seguía. Gracias Cris, por tu sensatez, por dejarme un asiento a tu lado para ver los toros desde la barrera y por compartir esa bolsa de palomitas conmigo. Gracias a las tres por darme alas cuando pienso que ya no puedo volar, que ya no merece la pena hacerlo.


No he visto mejor manera de seguir mi camino con ilusión que unirme a la iniciativa #LeoAutorasOct. Una iniciativa que empezó a funcionar el año pasado con el fin de dar visibilidad a escritoras. Tengo tantos pendientes que no sabía que libros elegir, al final he escogido estos seis títulos: Tres autoras españolas y tres extranjeras. No creo que pueda leerlos todos durante el mes de octubre, pero sí me gustaría hacerlo antes de que termine el año y contaros que me han parecido, al menos lo que me dejen huella, que estoy segura que habrá más de uno.

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón


Ya hay un español que quiere 
vivir y a vivir empieza, 
entre una España que muere 
y otra España que bosteza. 
Españolito que vienes 
al mundo te guarde Dios. 
Una de las dos Españas 
ha de helarte el corazón. 
· Antonio Machado ·


Hace poco más de una semana terminé de leer El corazón helado de Almudena Grandes e inmediatamente empecé a escribir en folios de libreta sueltos todo lo que me atenazaba por dentro. Escribí sobre la historia que Almudena había tejido como una tela de araña en mi corazón y, sobre todo, escribí sobre F. Rescaté piezas viejas e incluí algunas nuevas en ese puzzle imposible y emocionante que es F para mí, intentando acercarme a lo que realmente fue. Para conocerlo, para entenderlo, para sentirlo cerca y mío. Más mío de lo que ya lo siento.
Releí El jinete de bronce de Paullina Simons y la sensación fue todavía más inmensa que la primera vez, saber más y mejor sobre los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial la hizo todavía más especial y más grande. Sigue siendo mi favorita de todas las historias de amor que he leído y que posiblemente leeré. Una vez más, todos esos folios de libreta terminaron en un cajón, al igual que F. Han pasado más de setenta años, me puedes esperar un poquito más, ¿verdad? Imaginé su sonrisa y esos hoyuelos que dicen que tenía y que tristemente sólo ha heredado mi primo. Hice la maleta para un viaje relámpago que me hizo bien pero también me demostró que estoy demasiado lejos y que el Ave no es suficientemente rápido cuando estás asustada.

Volví dos días después menos asustada pero con el nudo en el pecho más prieto, que se ha ido aflojando con el paso de los días y con las risas enlatadas que he escuchado al otro lado del teléfono. Deshacer la maleta nunca ha sido uno de mis fuertes, estuvo varios días en un rincón de la habitación para no sentir que hacía demasiado que me había ido de casa, algo absurdo que hago desde que conocí a Mr. Brandon, pero deshacer la maleta hace más tangible que ya estoy aquí, que vuelvo a estar lejos. Lo que sí hice la primera noche es sacar de dentro una cajita metálica llena de cartas de F. Una caja que vi por primera vez cuando era una niña y que pude abrir con lágrimas en los ojos hace solo tres años. Cartas desde Santander, desde Madrid, desde algún punto de Alemania y desde la fría Rusia. Cartas llenas de planes futuros, de soledad y de amor. Mucho amor. Cartas llenas de una tristeza que traspasa el papel y te encoge el corazón. Dolor puro y duro. Sin consuelo. Esa clase de dolor que mis ojos de niña no supieron catalogar en su momento y, que ahora, veo tan claramente que me parte el alma en dos.

Las siguientes noches empecé a leer Oona y Salinger de Frédéric Beigbeder, por ser una historia curiosa sobre J.D. Salinger —autor de El guardián entre en centeno— y de Oona O'Neill —hija del dramaturgo Eugene O'Neill y mujer de Charlie Chaplin— sin ser consciente que estaba ante otra historia con la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. A veces parece que todo esté conectado, ¿verdad?

Con el paso de los días he dejado de verle el sentido a escribir sobre El corazón helado, soy de las que prefieren escribir en caliente, cuando tienes los sentimientos a flor de piel y a mi entender salen las cosas más viscerales, en mi caso, incluso las más sentidas. Hoy sentarme a hablar de Álvaro y Raquel, o del maravilloso Ignacio... me queda grande. Siento que no lo haré bien y la historia no lo merece. Quizá algún día pueda hacerlo con las mismas ganas que tenía hace unos días y pueda también hablar libremente de F. Ojalá algún día pueda venir a decir quién es F, ese valiente y cabezota andaluz que cantaba tangos a sus compañeros cuando las cosas se ponían chungas en el frente. Ese que nunca volvió a casa y que una mujer maravillosa estuvo echando de menos durante toda su vida. Hasta el último suspiro, literalmente.

Pero hoy... hoy leo relatos de Salinger e historias bonitas de amor como la última de Abril Camino, mientras a ratos sigo mirando dentro de la cajita metálica y escucho Photograph de Ed Sheeran en bucle, una canción que últimamente me hace pensar mucho en #lamujermaravillosa y en F. Le he puesto tantas canciones a su historia en los últimos veinte años que podría llenar un disco completo.

What about love?

El mundo se nos está yendo a la mierda.

Me cuesta borrar de mi cabeza las imágenes de Barcelona, mi querida Barcelona, la ciudad dónde nací, crecí y fui feliz. Tampoco puedo borrar de mi cabeza el montón de mensajes que he leído estos días en las redes sociales y que me han puesto los pelos de punta. Mensajes intolerantes, racistas, pagando justos por pecadores. ¿De verdad vamos a culpar a todos por lo que hace un grupo de desalmados? ¿Vamos a caer en el mismo odio que ellos? ¿Vamos a meter a todos en el mismo saco por su procedencia o religión? Mensajes llenos de odio, de bromas macabras porque el atentado hubiera sido en Barcelona, siempre amparados por el anonimato que les brinda, por ejemplo, Twitter. Valientes gilipollas. ¿De verdad odiáis tanto a los catalanes? ¿De verdad importa que hablemos en catalán o castellano? ¿De verdad toda esa mierda es importante en un momento así? ¿En serio?

No sé qué futuro nos espera, no sé qué futuro les espera a nuestros hijos, a nuestros sobrinos, a futuras generaciones... Pero a mí me da miedo, mucho miedo. Quiero un mundo donde mis hijos puedan salir a la calle sin miedo a que alguien les arrebate la vida. Quiero un mundo donde puedan amar libremente, sea al sexo que sea sin ser señalados. Un mundo en el que puedan decir orgullosos de dónde son y nadie —y menos de su propio país— les diga algo fuera de lugar. Un mundo donde disfrutar y aprender de la diversidad cultural y no rechazar o juzgar tan alegremente. Un mundo más tolerante, más amable y más acogedor. Un mundo para todos, seas de dónde seas, creas en lo que creas y sientas lo que sientas. Un mundo justo. 

Pero hoy... Hoy, desde la rabia y la tristeza que siento, permitidme que diga que el mundo se nos está yendo a la mierda.

#Prayfortheworld

QUÉ HACER CUANDO EN LA PANTALLA APARECE THE END, de Paula Bonet


Finales que llegan repentinamente, sin avisar, que nos parten en dos mitades. Finales que se arrastran durante años y que nunca se acaban porque confunden orgullo con recuerdo...


Desaparecí unos días. Era lo que me pedía a gritos mi corazón. Zafón en El juego del ángel decía que los corazones solo se pueden romper una vez, el resto son rasguños. ¿Pero cuántos rasguños es capaz de soportar un mismo corazón? Eso nadie lo dice, eso... eso lo vives. Yo, ilusa de mí, pensaba que había cubierto el cupo decepciones. Pensaba que ya nadie me decepcionaría tanto como para dolerme el corazón como si me clavaran algo justo en el centro. Qué equivocada estaba. Qué mierda tan grande es querer a alguien. Más mierda incluso cuando esa persona te hace daño gratuitamente, quizá sin pretenderlo, quizá sin pensar en lo que estaba haciendo, quizá sin calibrar las consecuencias de sus actos... 

Desaparecí unos días porque necesitaba cuidarme (y curarme). E inconscientemente empecé a leer sobre finales, (quizá) porque sentí que dentro de mí se había roto algo. Algo que ya no encajaría como antes, aunque lo untara con el pegamento más fuerte. Algo que ya no tenía arreglo. Empecé a leer sobre finales porque quería saber cómo dejar de sentirme como una mierda. Quería saber como salir a flote de nuevo, como arrancarme la pena de cuajo, como... como seguir después de ver el jodido The End en blanco sobre fondo negro. Las decepciones pesan más que el cemento y llegué a pensar que con esta ya no podría. Una vez más la sensación de abandono me engullía, esa sensación que ya tengo pegada como una segunda piel.

Cogí de la estantería el primer libro de Paula Bonet, Qué hacer cuando en la pantalla aparece The End, uno de los libros que me regaló Mr. Brandon para nuestro quinto aniversario, hace un par de años. No lo había leído todavía, solo lo había tenido en mis manos un par de veces para echarle un vistazo a las ilustraciones. Quiero pensar que estaba esperando su momento propicio, pero no quería que fuese pura necesidad leerlo. Y lo ha sido.






Finales. Finales inesperados que te rompen por dentro, de los que cuesta reponerse, de los que cuesta desprenderse. Finales que sabes que llegarán algún día, en algún momento, y no por ello duelen menos aunque los hayas arrastrado como un lastre durante mucho tiempo. Finales.

Leyendo el libro de Paula me he perdonado. Me he perdonado por las veces que no estuve (ni estoy) a la altura, que seguramente fueron muchas. Veces en las que posiblemente se esperaba mucho más de mí y yo me di a medias, o a gotas. Me he perdonado por esas otras veces en las que me quedé vacía. Veces en las que di a manos llenas a quién no lo merecía.